En la penumbra se esconde el alma,
bajo un manto de silencio y frío,
cada susurro es un eco vacío,
y la luna observa, distante y calma.
Las sombras se alargan como dedos fríos,
acariciando el alma, pero sin amor.
La soledad, con su manto de terror,
se clava como puñales fríos y sombríos.
El viento lleva lamentos que no se oyen,
y en cada rincón la esperanza se apaga,
pues la soledad nunca se deshace,
como la niebla que ahoga y ahoga.
Caminas solo, perdido en la niebla,
sin un reflejo, sin rostro ni nombre,
en un abismo donde no hay resplandores,
solo el vacío de tu sombra que te huella.
La muerte se asoma, con paso callado,
no con furia, sino con dulce calma,
te abraza en silencio, robando el alma,
y te lleva sin prisa, sin ser tocado.
El tiempo se disuelve en el abismo eterno,
la soledad y la muerte, en un lazo cruel,
uno te deja vacío, el otro sin piel,
y juntos te arrastran, al borde del invierno.
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