Todo pasó demasiado rápido: el coche que avanzó a toda velocidad, las luces que me deslumbraron, la pelota que botaba sin cesar, los gritos de los espectadores que rompieron el silencio de la escena y, por último, el golpe final.
Cuando desperté, me di cuenta de que todo había cambiado, que ya nada era como antes, al menos no para mí.
Me convertí en el ángel de la guarda de Dante de Luca. Mi vida se ancló a la suya y no sabía lo que esas palabras conllevaban hasta que lo conocí. Su vida estaba envuelta en una larga lista de ilegalidades que acabarían conduciéndolo a una muerte prematura que yo debía impedir.
El problema era que no sabía cuándo, cómo ni dónde iba a suceder, lo que me obligaba a estar siempre a su lado. Pero permanecer cerca de Dante era como entrar al castillo del terror: sabías que acabarías asustado y, aun así, entrabas.
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