Lily siempre sintió que el bosque la miraba. Desde pequeña, aquel lugar oscuro y extenso ejercía sobre ella una atracción extraña, casi hipnótica. El viento que corría entre sus árboles provocaba escalofríos que se deslizaban por su espalda como manos invisibles. Su madre le había advertido que ahí vivía un ser misterioso y malvado, pero las advertencias nunca lograron apagar su curiosidad.
Un recuerdo lejano, enterrado en su niñez, regresaba cada vez que pensaba en el bosque: una voz profunda y desconocida la llamaba por su nombre, invitándola a entrar entre las sombras. Lily recordó caminar hacia aquel llamado, hasta encontrarse con una figura alta, vestida de negro, cuyo rostro nunca alcanzó a ver. Aquella presencia la tomó en brazos, acarició su rostro y la marcó con un beso en las mejillas, como si le perteneciera.
A partir de entonces, cada cumpleaños apareció un regalo envuelto en papel negro acompañado de una pequeña nota: "Para mi lirio". Era un recordatorio constante de que ese ser seguía ahí, vigilándola.
Pero todo terminó cuando se mudó a la ciudad para estudiar en la universidad. Los regalos cesaron. La presencia se desvaneció. Solo quedó el recuerdo del bosque, sus árboles interminables y esa voz que tal vez aún la espera, paciente, en la oscuridad
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