Al llegar a la Ópera de París, recordé mi debut con la compañía nacional. Todo se sentía distinto a ese momento. Habían pasado ya cinco años, mi rodilla nunca se recuperó de una lesión y tan rápido como me alcé, caí. Volví a ser anónima. De Amélie De Florian, la primera bailarina del ballet nacional, a una desconocida o, en los mejores casos, un recuerdo vago del tintineo de la fama. La fama que mi cuerpo no pudo resistir.
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