A veces, la vida no es justa. A veces, por más que lo intentes, tus mejores esfuerzos se desmoronan como arena entre los dedos. No importa cuán grande sea tu mente, cuán noble sea tu corazón, porque el mundo no siempre se detiene a mirar lo que llevas dentro.
Vivimos en un lugar donde las voces más fuertes se imponen, donde las manos más firmes moldean el destino, y donde los débiles se pierden en la sombra. Pero, ¿es realmente la fuerza física la que define quiénes somos? ¿O es la fuerza de seguir adelante cuando nadie más cree en ti?
La tristeza puede convertirse en un amigo cruel, susurrando que nunca serás suficiente, que tus cicatrices son un recordatorio de todo lo que no pudiste ser. Pero hay algo que la tristeza no te dirá: cada herida es también una marca de todo lo que has sobrevivido. Cada golpe que no te destruyó, cada palabra que no te detuvo, cada día que decidiste continuar... esas son las cosas que construyen una fuerza que nadie puede arrebatarte.
La vida no es un camino fácil, ni está diseñada para serlo. Pero en los momentos más oscuros, en esos instantes donde todo parece perdido, es donde descubres quién eres realmente. Ser fuerte no siempre significa ganar. A veces, ser fuerte significa resistir. Significa levantarte aunque nadie te esté mirando. Significa elegir ser tú mismo, incluso cuando el mundo te ignora.
No te preocupes si hoy no eres suficiente para los demás. Algún día, serás suficiente para ti. Y ese será el día en que te des cuenta de que siempre lo fuiste.