La vida de Elena cambió en un instante. Una noche lluviosa, un accidente automovilístico se llevó a Marina, su novia, dejando a Elena sumida en el dolor y la culpa. Marina era su luz, su refugio, y ahora se sentía atrapada en un mundo sin sentido.
Días después del funeral, Elena comenzó a notar cosas extrañas. El aroma del perfume de Marina llenaba la habitación sin razón aparente. La música que solían escuchar juntas se reproducía en su teléfono, aunque estaba apagado. Al principio, pensó que su mente jugaba trucos crueles, hasta que una noche la vio.
Marina estaba en el rincón de la sala, con la misma ropa de la noche del accidente. Su piel pálida y los ojos vidriosos la hicieron estremecer. Elena gritó y corrió fuera de la casa, pero cuando volvió, Marina estaba allí, observándola con una mezcla de tristeza y anhelo.
A partir de ese momento, no importaba dónde estuviera Elena. En su dormitorio, en el trabajo, incluso en el supermercado, Marina siempre aparecía, silenciosa y con una presencia que le helaba la sangre. Elena intentó ignorarla, rezar, incluso mudarse, pero Marina la seguía.
Pronto, los sustos dieron paso a preguntas. ¿Por qué estaba Marina atrapada? ¿Qué quería? ¿Y por qué sólo Elena podía verla? En medio de su confusión y miedo, Elena comenzó a recordar los momentos hermosos que compartieron, y algo dentro de ella se resistía a dejar ir a Marina, aunque significara vivir entre dos mundos.
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