En los días previos a la Primera Guerra Primordial, cuando aún las tierras de Lÿraeth respiraban en calma bajo la recién nacida luz de Thyrën, Nirya caminaba sola entre las vastas llanuras de Thyrïnys. Ella, la Guardiana del Equilibrio, no era una creadora como Thyrën, ni un destructor como Vaalok, sino el puente entre ambas fuerzas. Sus pasos, ligeros como el rocío al amanecer, marcaban el suelo fértil, y donde su sombra se extendía, florecían los primeros brotes de vida. Pero su corazón, aunque lleno de amor por el mundo en formación, estaba plagado de incertidumbre.
En el centro de las llanuras, donde los vientos se entrelazaban en un torbellino perpetuo, Nirya convocó un consejo. Allí, bajo el cielo teñido de matices dorados y púrpuras, alzó su voz.
-Hermanos, Thyrën, portador de la llama eterna, Vaalok, tejedor de los secretos del abismo, ¿acaso no os conmueve lo que hemos forjado juntos? Estas tierras, estos cielos... ¿no merecen paz?
Thyrën fue el primero en responder. Surgió del horizonte montado en su coloso de luz, un ser de facciones esculpidas en fuego puro. Cada paso de la criatura hacía vibrar la tierra, y su presencia llenaba el aire de calor. Sus ojos, dos orbes dorados, miraron a Nirya con intensidad.
-Hermana -dijo Thyrën, su voz como un trueno distante-, la paz es un ideal noble, pero no puede ser alcanzada mientras las sombras de Vaalok persistan. ¿Cómo puede florecer este mundo si el manto de la oscuridad lo envuelve?
El mundo está llegando a su fin y el reinado de los dioses se desmorona. Lelik odia su aspecto pero es persuadida por su madre para acompañarla a un campamento en la hacienda de un socio suyo, el problema es que ella no quiere ser vista por aquel que se ha ganado su corazón en los últimos días, Suttaru Cellio. Se entera poco después de que el pobre chico ha sufrido un accidente y se ha quemado todo el lado derecho del rostro, y comienza a pensar que tal vez él sí la pueda entender.
Conforme los días pasan antes de su encuentro en la hacienda de los Cellio, cosas extrañas comienzan a suceder por toda la ciudad, en la vida diaria de Lelik, a quien estas situaciones no se le escapan del todo. Quedará en manos de ella y de un par de amigos hallar una manera de enfrentar el mal que se avecina, encontrando la única esperanza en alianza con los dioses guaraníes que reinan los bosques.
Si llegas al Señor de los Portales, debes convencerlo de que te asegure un refugio en otra dimensión, pero ¿podrán estos chicos lograrlo antes de que su mundo sea consumido?