En los días previos a la Primera Guerra Primordial, cuando aún las tierras de Lÿraeth respiraban en calma bajo la recién nacida luz de Thyrën, Nirya caminaba sola entre las vastas llanuras de Thyrïnys. Ella, la Guardiana del Equilibrio, no era una creadora como Thyrën, ni un destructor como Vaalok, sino el puente entre ambas fuerzas. Sus pasos, ligeros como el rocío al amanecer, marcaban el suelo fértil, y donde su sombra se extendía, florecían los primeros brotes de vida. Pero su corazón, aunque lleno de amor por el mundo en formación, estaba plagado de incertidumbre.
En el centro de las llanuras, donde los vientos se entrelazaban en un torbellino perpetuo, Nirya convocó un consejo. Allí, bajo el cielo teñido de matices dorados y púrpuras, alzó su voz.
-Hermanos, Thyrën, portador de la llama eterna, Vaalok, tejedor de los secretos del abismo, ¿acaso no os conmueve lo que hemos forjado juntos? Estas tierras, estos cielos... ¿no merecen paz?
Thyrën fue el primero en responder. Surgió del horizonte montado en su coloso de luz, un ser de facciones esculpidas en fuego puro. Cada paso de la criatura hacía vibrar la tierra, y su presencia llenaba el aire de calor. Sus ojos, dos orbes dorados, miraron a Nirya con intensidad.
-Hermana -dijo Thyrën, su voz como un trueno distante-, la paz es un ideal noble, pero no puede ser alcanzada mientras las sombras de Vaalok persistan. ¿Cómo puede florecer este mundo si el manto de la oscuridad lo envuelve?
All Rights Reserved