Londres siempre tenía la misma cara: gris, imponente y peligrosamente familiar.
Evangeline apoyó la frente contra el cristal frío del taxi mientras las luces de la ciudad se difuminaban por la lluvia persistente. Había pasado meses huyendo, intentando convencerse de que la distancia era suficiente para borrar el rastro de un desastre. Pero al cruzar el Támesis, entendió que no se puede escapar de un fantasma cuando tú misma llevas sus huellas grabadas en la piel.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a veces el tiempo solo sirve para que las heridas dejen de sangrar y empiecen a transformarse en marcas permanentes.
Su ruptura con Liam no había sido un adiós limpio; había sido un choque frontal que dejó escombros en cada esquina de la ciudad. Él se había quedado con el resentimiento, con las preguntas sin respuesta y con esa marca invisible que ella dejó en su vida al marcharse. Pero ella... ella se llevó la peor parte. Evangeline cargaba con el peso de lo que pudo ser y con las cicatrices que no se ven a simple vista, esas que duelen cuando el aire de Londres se vuelve demasiado frío.
A veces, la vida no sigue el guion que escribes con tanto cuidado. Ella planeó un regreso triunfal, una versión de sí misma que ya no necesitaba mirar atrás. Sin embargo, mientras el coche se detenía frente a su antiguo destino, la realidad la golpeó con la fuerza de un naufragio:
Londres no la recibía con los brazos abiertos. La recibía con la memoria de un amor que ambos se encargaron de destruir, y con la sospecha de que, por más que intentara ocultarlas, sus marcas seguían ardiendo bajo la ropa.
Liam estaba en alguna parte de ese laberinto de ladrillos y niebla. Y tarde o temprano, las marcas de ambos volverían a encajar.
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