NÉMESIS

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WpMetadataReadContenido adultoConcluida vie, ene 2, 2026
La primera vez que escuchó los gritos, creyó que era parte del caos normal de una zona de guerra. Órdenes gritadas en otro idioma. Disparos secos rompiendo el aire. El crepitar de las llamas consumiendo madera y carne. Pero luego vio a la niña. No tenía más de ocho años. Sus ojos enormes y oscuros no parpadeaban, ni siquiera cuando el humo le quemaba los pulmones. Sostenía entre sus brazos el cuerpo inerte de su madre, sacudiéndolo con desesperación, sin comprender que nunca iba a despertar. Uno de sus compañeros se acercó a ella. No para ayudarla. Él no pensó, solo actuó. -¡Baja el arma! -gritó, pero la orden murió entre el estruendo de una ráfaga de balas. El cuerpo de la niña se estremeció y cayó de rodillas sobre la tierra ennegrecida. Él no recordaba haber gritado. No recordaba haber golpeado a su compañero hasta romperle la mandíbula. Solo recordaba la sensación del estómago revolviéndose cuando miró a su alrededor y entendió la verdad: No habían matado terroristas. No habían neutralizado ninguna amenaza. Habían asesinado civiles. Mujeres. Ancianos. Niños. Ese fue el momento en el que comprendió que no eran soldados. Eran mercenarios con un uniforme prestado. Y que estaban condenados. Durante años, estuvo muerto. No oficialmente. Solo de la forma en que uno deja de sentir, de esperar, de creer en algo más que el próximo paso. Hasta que le ofrecieron una misión. Una oportunidad. Un nombre. Y una forma de equilibrar la balanza. No elegió protegerla. Ella es parte de un mundo construido sobre ruinas que nunca nadie quiso ver. Un apellido con más poder que verdad. La observó, y todo lo que aprendió a controlar se resquebrajó. Porque hubo algo en su forma de mirar el mundo que no cuadra con el fuego que lo mantiene en pie. Él vino con un propósito. Uno que no puede olvidar. Pero lo que nadie le advirtió... es que cuando uno se acerca demasiado al corazón del enemigo, puede acabar ardiendo con él. Y él ya esta
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[+18] Años después de ser una civilización avanzada y común, la avaricia mundial abrió sus puertas a una interminable y amarga era. Los humanos, egocéntricos, alardeaban día a día de su gran sabiduría y posesión material. Observaban el mundo como si se tratase de un objeto más qué poseer. Individualistas. Salvaban a los suyos, aquellos que poseían poder o un beneficio para los mismos, y morían quienes consideraran inferiores e inútiles. La ambición, desde mi punto de vista, es el pecado principal; la puerta al infierno, pues si esta no se usara de forma impertinente, sin duda habríamos vivido un destino totalmente distinto. La ambición nos transforma en verdaderos monstruos, los peores que jamás han existido. La era sangrienta llegó, como la peor peste en toda la historia de la humanidad. Un enemigo tan distinto, pero al tiempo tan semejante... Se trataba de los predicadores del caos, los despiadados, los inhumanos... así los llamaban los pocos ancianos humanos que logré conocer hace unos años. Tan solo bastó un pequeño grupo de ellos para conquistarnos. Nuestra guerra acabó con gran parte de la población mundial, y ellos se encargaron de adueñarse de los pocos humanos que sobrevivieron: Hombres y mujeres del poder como presidentes, reyes y reinas, senadores... y sus familias. La vida misma se encargó de cobrar los pecados de la humanidad, lo que no sabían, era que aquel escarmiento duraría para la eternidad. Ellos no conocían la palabra misericordia. Su poca compasión quedó perdida a través del tiempo. Los vampiros asesinaron centenares de hombres; violaron y esclavizaron mujeres y niños, y los más viejos... ellos no lo soportaron. Ahora ya no existe la compasión... Tan solo el deseo de sangre y el anhelo de causar dolor hasta la muerte. Porque en la Era Sangrienta, el poder es grandeza, la vida es esperanza y la sangre es inmortalidad.

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