Bruce Wayne nunca fue un hombre de dudas. Siempre veía el mundo en líneas claras, en sombras que escondían verdades que él podía descubrir con la paciencia de un depredador. Pero con Clark... con Clark era distinto. Había algo en él, en su mirada limpia, en sus sonrisas que no parecían forzadas, en su forma de amar sin pedir permiso, que lo hacía bajar la guardia. O al menos, eso creía.
Hasta esa noche.
Era su aniversario. No cualquier fecha, sino la primera que Bruce se había permitido marcar en su calendario personal, un espacio donde no había estrategias, donde el deber no tenía voz. Había esperado a Clark en la mansión, con una cena que nunca se permitió reconocer como romántica, con velas que Alfred insistió en encender y que él, absurdamente, no apagó. Esperó. Y esperó.
Pero Clark nunca llegó.
Las horas pasaron, y cuando la paciencia se agotó, Bruce hizo lo que mejor sabía hacer: buscar respuestas. Y las encontró. Clark estaba en su departamento, con Lois Lane. Viendo películas. Riendo. Compartiendo un espacio que parecía solo de ellos.
No hubo un beso. No hubo caricias furtivas. No hubo traición física alguna. Pero a veces, la ausencia duele más que la mentira.
Bruce no era un hombre de dudas. Pero esa noche, sentado en la oscuridad de su propia casa, con el eco del silencio como única compañía, empezó a preguntarse si realmente conocía al hombre que amaba. Y, lo que era aún peor, si Clark realmente lo conocía a él.
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