Desde que tenía memoria, Sunoo había cargado con un peso invisible que lo acompañaba en cada paso de su vida: el rechazo hacia sí mismo. No era un rechazo pasajero ni una inseguridad adolescente, sino una herida que se abría cada vez que se miraba al espejo. Se convenció de que era "feo", una palabra que se repetía en su mente como un eco, con el tiempo esa idea se convirtió en una verdad absoluta para él. Nunca creyó que alguien pudiera mirarlo con ternura, mucho menos con amor, en sus noches más solitarias se imaginaba un futuro triste, rodeado únicamente de gatos, como si fueran los únicos seres capaces de acompañarlo en su soledad.
Sin embargo, había alguien que lo veía de una manera completamente distinta. Sunghoon, su mejor amigo, llevaba casi un año guardando un secreto que lo quemaba por dentro: estaba enamorado de Sunoo. No era un amor superficial ni pasajero, era un sentimiento profundo que había nacido en los momentos más simples, en las risas compartidas, en las conversaciones nocturnas y en la manera en que Sunoo, sin darse cuenta, iluminaba los espacios con su presencia. Pero Sunghoon, temeroso de revelar lo que sentía, había elegido esconder su afecto detrás de bromas y pequeñas molestias, como si al disfrazar su amor con burlas pudiera protegerse de ser descubierto. Lo que Sunoo interpretaba como simple fastidio era, en realidad, la manera torpe en que Sunghoon intentaba mantener su corazón a salvo, aunque cada día le resultaba más difícil ocultar la verdad.
Una tarde, Sunoo rompió el silencio con una confesión que dejó a Sunghoon helado. Con voz baja, cargada de inseguridad, murmuró.
-Quiero cambiar mi apariencia para gustarle.
Aquellas palabras fueron como un golpe directo al pecho del mayor. El mundo pareció detenerse por un instante. ¿Cómo podía Sunoo no ver lo que él veía? ¿Cómo podía pensar que necesitaba transformarse para ser amado, cuando ya era perfecto a los ojos de alguien?
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