Montecarlo nunca había sido solo una carrera. Era un escaparate. Un desfile de egos inflados, relojes caros y sonrisas falsas. Para mí, era solo otra gala más, otro recordatorio de que ganarlo todo implica más de esto ahora que lidero el campeonato. Mi copa estaba medio vacía cuando la vi. No porque la estuviera buscando, sino porque ella no encajaba con el resto. Había algo en la forma en que se movía, como si el caos de la sala no la tocara. Todos aquí intentaban ser vistos, destacar entre los trajes y los diamantes, pero ella... ella estaba en el centro de todo sin esforzarse. No era una celebridad. No era ejecutiva de ningún equipo. No la reconocí. Y yo conocía a todos los que importaban en este círculo. Me acerqué con la seguridad de que me reconocería. -Curioso. No sueles ver caras nuevas en Mónaco. Lentamente, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se encontraron con los míos. Sin sorpresa. Sin prisa. Y sonrió. -No sueles verlas porque solo miras en una dirección. Directo a la yugular. Apreté la mandíbula, aunque mi sonrisa no se movió. -¿Y qué dirección debería mirar? Tomó un sorbo de su copa. -Eso depende de cuán listo seas para entenderlo. Y antes de que pudiera responderle, simplemente se fue. Dejándome con la peor sensación posible. Como si hubiera ganado algo. Apreté los dientes. No solo estaba en mi mundo. Estaba jugando con sus propias reglas. Y yo no juego para perder.
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