MORAT: MAFIA
Las calles tienen dueño. Las balas tienen nombre. Y la lealtad se paga con sangre.
Juan Pablo Isaza, el arquitecto de la organización, mueve las piezas con precisión quirúrgica. Nada pasa sin su permiso, nada queda sin castigo. Su ambición no tiene límites, y su poder, tampoco.
Juan Pablo Villamil, el sastre del crimen. Tan letal como elegante, tan calculador como despiadado. Cada puntada esconde una historia, cada corte una advertencia. Él no deja cabos sueltos... hasta que ella aparece.
Martín y Simón Vargas, dos sombras inseparables. Uno controla el dinero, el otro la información. Son el pulso de la organización, los guardianes de sus secretos. Si los buscas, ya es demasiado tarde.
Pero todo imperio tiene un enemigo. Y esta vez, la amenaza viene disfrazada de seducción y muerte.
Mujde, la hija del hombre que juró destruir a Morat. Criada en el odio, entrenada en el engaño, enviada con un solo propósito: infiltrarse, envenenar desde dentro y acabar con ellos. Fría. Letal. Imparable.
Hasta que el sastre la mira.
Hasta que sus manos la tocan.
Hasta que su corazón traiciona su misión.
Ahora, la guerra no es solo por territorio.
Es por supervivencia.
Es por amor.
Es por el alma de alguien que no puede elegir entre la lealtad y la traición.
¿Quién caerá primero?
MORAT: MAFIA
El poder se arrebata. La traición se paga. El amor se sufre.
Sheila una compositora aficionada que sueña con escribir canciones que lleguen al corazón de las personas. Una tarde cualquiera, mientra disfruta de un café en una pequeña librería de Bogotá, notas que alguien dejó una libreta en la mesa de al lado. Curiosa, la hojeas y descubres letras de canciones sin terminar, llenas de tachones, anotaciones y acordes. No tardas en darte cuenta de que pertenecen a Morat.
Decides hacer lo correcto y buscar a su dueño. Al día siguiente, vuelves al café y preguntas por el dueño de la libreta. Justo cuando estás a punto de dejar una nota con tu contacto, Juan Pablo Isaza entra al lugar, visiblemente preocupado. Te acercas y le explicas la situación. Aliviado, te da las gracias, pero antes de irse, ve algo inesperado: en un margen de la libreta, escribiste una idea de verso que se te ocurrió mientras hojeabas sus letras.
Intrigado, te pregunta si tú escribiste eso. Con algo de vergüenza, admites que sí. Él sonríe y te dice:
-Me gusta cómo suena. ¿Tienes más ideas como esta?