El primer día de clases en el Colegio Hanse, Jinwoo recorría los pasillos con la mirada baja, inmerso en sus propios pensamientos y en las expectativas familiares que pesaban sobre él. Mientras tanto, Tamuki, con su actitud desafiante y sonrisa pícara, no tardó en hacer notar su presencia en cada rincón. El destino quiso que sus caminos se cruzaran en la sala de arte, un espacio destinado a expresar talentos y pasiones, y ese día la tensión era palpable. Un comentario sarcástico, una mirada de desprecio, y así comenzó una rivalidad que ninguno de los dos esperaba que se transformara en algo mucho más profundo.
Con el correr de las semanas, en medio de risas, miradas robadas y la complicidad inadvertida de un grupo de amigos que parecía entenderlos mejor que ellos mismos, las barreras comenzaron a ceder. Entre pinceles y hojas de papel, entre charlas en el parque y confidencias en los pasillos, Jinwoo y Tamuki empezaron a ver en el otro no a su enemigo, sino a la persona que siempre había estado destinada a hacerle sentir completo. Fue en uno de esos momentos de silencio cómplice, cuando la lluvia se colaba por las ventanas del aula, que la línea entre el odio y el amor se difuminó para siempre.
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