Lydia Heastings una adoslecente de 15 años que aprendió a caminar con cuidado, no por miedo a caer, sino por temor a decepcionar. Creció en una casa de paredes silenciosas y miradas frías, donde el afecto era contado y los errores eran imperdonables. Su madre, una mujer de rostro severo y corazón oculto, le enseñó que la perfección no era una meta, sino una obligación.
Desde pequeña, las notas, las palabras, incluso la forma en que se sentaba, eran evaluadas con ojos críticos. Un suspiro mal dado, una respuesta tardía, una pequeña falla... y el mundo parecía desmoronarse sobre sus hombros. Lydia no conocía el consuelo, solo el deber.
Detrás de su postura recta y su impecable rendimiento, habitaba una niña que solo quería ser abrazada sin condiciones. Que deseaba reír sin calcular, llorar sin esconderse. Pero en su mundo, las emociones eran un lujo, y equivocarse... un crimen.
Por eso, cuando se cruzó con aquel chico de mirada insolente, andar despreocupado y el cabello hecho un caos de rastas rebeldes, algo dentro de ella se removió. Tenía esa forma de existir como si el mundo no pudiera tocarlo, como si cada error fuera solo parte del camino. Era ruido en su silencio. Era libertad donde a ella solo le enseñaron control.
Connor Adams tiene 40 años, una empresa exitosa y una hija que no escucha a nadie.
Sofía tiene 23, un puesto en su imperio... y años guardándose un deseo que no debería existir.
Desde que el divorcio destrozó la familia Adams, ella fue el soporte de su mejor amiga, Halsey. Dormía en su casa, comía en su mesa, creció frente a sus ojos.
Pero ya no es una niña.
Y está cansada de que Connor no lo note.
Porque lo mira como a un jefe.
Como al padre de su mejor amiga.
Pero sobre todo... como al hombre que no puede dejar de desear.
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Abierto a modificaciones.