Las emociones son una fuerza poderosa que guía nuestras acciones, decisiones y reacciones. En su forma más pura, pueden impulsarnos a amar, proteger y construir. Pero cuando se desbordan, reprimen o se contaminan por el dolor, el miedo o los celos, también pueden llevarnos por caminos oscuros, donde la razón se apaga y solo queda el impulso. En ese territorio, la línea entre lo correcto y lo incorrecto se difumina, y los límites morales pueden romperse sin que el culpable sea consciente -o al menos no del todo- de la magnitud de sus actos.
Llegamos a creer que podemos controlarlo todo, hacer un plan estructurado de nuestra vida, pero esta se encarga de demostrarnos que lo que menos tenemos es control.