Kiss me ; Landoscar

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Dicen que el amor llega cuando menos lo esperas... o cuando ves a tu compañero de equipo sonriéndole bonito a otro piloto. Para Lando Norris, la Fórmula 1 era pura adrenalina, estrategias, y un montón de entrevistas donde no podía decir lo que realmente pensaba. Pero todo cambia cuando ve a Oscar Piastri, el piloto calladito, tímido y de mirada tranquila, reír con Yuki Tsunoda como si no existiera nadie más en el mundo. Y en ese instante, algo dentro de Lando hace "click". Y no fue el motor. Lo que empieza como una simple curiosidad se transforma en un enamoramiento a fuego lento -de esos que te hacen decir puras tonterías, buscar pretextos para quedarte un ratito más, y sentir mariposas cada vez que alguien te mira con esos ojitos de venado asustado. Pero Oscar, el serio, el calladito, el que apenas y habla en las reuniones, no está listo para que lo vean. Mucho menos para que Lando, el descarado del paddock, lo mire como si fuera lo único que importa en el mundo. Entre circuitos, entrenamientos, celos disfrazados de bromas, y un montón de momentos que se sienten más íntimos que un podio... estos dos aprenderán que el amor no siempre grita: a veces susurra, a veces se esconde, y a veces llega en forma de una sonrisa tímida y un "¿ya comiste?".
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fernandoalonso
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Lando siempre había sido el más pequeño de todos, y no solo en edad cuando llegó por primera vez a la F1, sino también en estatura. Con apenas 1.61 metros, no importaba cuántos podios consiguiera o cuán rápido fuera en la pista: para el resto del paddock, siempre sería "el pequeñito". Al principio, le molestaba un poco. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que ese cariño, esa ternura que todos le mostraban, no era por burla... era porque lo querían de verdad. -¿Lando, otra vez no alcanzas la estantería? -bromeaba George mientras lo miraba estirarse sin éxito. -Cállate, Russell -rezongaba Lando, haciendo puchero. Pero había alguien que nunca se reía de él. Bueno... casi nunca. Oscar. Oscar Piastri tenía una forma muy particular de ayudarlo. No simplemente le alcanzaba las cosas. No. Él lo cargaba. -Vamos, chiquito, te levanto -decía con una sonrisa ladeada, antes de pasar un brazo fuerte por la cintura de Lando y levantarlo con facilidad. A Lando se le subían los colores al rostro cada vez. Oscar era tan calmado, tan sereno... pero cuando lo tenía en sus brazos, podía sentir claramente la tensión en sus músculos. Y lo peor (o lo mejor) era que Oscar no lo soltaba rápido. Siempre lo apretaba un poco más de la cuenta, pegándolo a su pecho como si lo quisiera proteger de todo. -Ya... ya puedes bajarme -murmuraba Lando, sin mucha convicción. -¿Seguro? Estás bien aquí. Y no era solo eso. Había momentos en los que, en el motorhome, Lando terminaba sentado en las piernas de Oscar sin que nadie lo viera, especialmente cuando estaban en algún sillón apartado.

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