La isla Caligo ardió en silencio. No en llamas, sino en sombras. Los gritos se habían apagado hacía tiempo, ahogados en la negrura que se extendía como un veneno. No quedaba miedo en las miradas vacías de los caídos. Solo un fulgor siniestro, un rojo profundo que destellaba en la penumbra. Los Orkus avanzaban sin prisa, pero sin detenerse. No destruían con fuego ni con hierro. No arrasaban los árboles ni envenenaban los ríos. No lo necesitaban. Ellos infectaban. No había gritos cuando alguien caía, solo un instante de lucha... seguido por la calma de quien ya no es dueño de sí mismo. Los Orkus aprendían. Se adaptaban. Esperaban. Mientras tanto, en Dryadalis, Kaira dormía inquieta. No sabía que su mundo estaba al borde del colapso. No sabía que la esperanza de muchos pronto descansaría sobre sus hombros. Y, sobre todo, no sabía que la oscuridad ya había puesto los ojos en ella.
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