Ricky, un tímido joven de 18 años, siempre había sentido una fascinación secreta por la lencería femenina. Cada vez que su hermana mayor salía de casa, él se escabullía a su armario, seleccionando con cuidado las prendas más delicadas: un conjunto de encaje negro, unas medias de seda, o una bata transparente que dejaba poco a la imaginación. En la privacidad de su habitación, se transformaba en Karoline, su alter ego, una presencia seductora que cobraba vida frente a la webcam. Con el rostro parcialmente cubierto por una máscara de encaje, Ricky se sentía libre, poderoso, deseado.
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