La ciudad tiembla ante la sombra de un asesino invisible. Preciso, metódico, imposible de rastrear. A cada una de sus víctimas les deja una única pista: una pieza de ajedrez, perfectamente limpia, cuidadosamente colocada sobre el cadáver. La policía está perpleja. No hay huellas. No hay errores. Solo cuerpos y piezas blancas y negras, como si cada muerte fuera parte de una partida que solo el asesino entiende.
El narrador principal es él: un asesino serial que cree estar jugando la partida perfecta, adelantándose siempre a quienes lo persiguen. Entre capítulos narrados por las víctimas y detectives que intentan seguir su rastro, se revela una danza oscura de inteligencia, frialdad y obsesión por el control.
Pero ningún jugador está solo en el tablero.