El consultorio es un espacio pequeño pero acogedor, con paredes pintadas de un azul suave que invita a la calma. Una ventana grande deja entrar la luz natural, filtrada por cortinas blancas que se mecen ligeramente con la brisa. Frente a la ventana, un sofá de tela gris, algo desgastado en los bordes, ofrece un lugar cómodo donde Tomás, de diecisiete años, se hunde con su sudadera negra y la capucha cubriéndole parte del rostro. Su postura es encorvada, como si quisiera desaparecer en el mueble.
Al otro lado, la psiquiatra, una mujer de unos cuarenta años, está sentada en una silla de madera con cojín beige. Su cabello castaño, recogido en un moño desordenado, y sus gafas de marco delgado le dan un aire profesional pero accesible. Sobre su regazo descansa un cuaderno de tapas negras, abierto pero apenas usado. En el escritorio junto a ella, hay una planta pequeña, un portarretratos girado hacia ella y una taza de té a medio tomar, con un aroma sutil a manzanilla flotando en el aire.
Descripción del consultorio y la escena
El consultorio es un refugio íntimo, con un aroma a lavanda que se mezcla con el leve olor a papel viejo de los libros apilados en una estantería esquinera. Las paredes, de un tono crema cálido, están decoradas con un par de acuarelas abstractas que sugieren calma sin distraer. La ventana, amplia y enmarcada por cortinas de lino beige, deja pasar una luz suave que ilumina el rostro de Valeria, sentada en un sillón tapizado en azul oscuro. Sus manos, inquietas, juguetean con el borde de su chaqueta verde oliva, y su cabello oscuro cae desordenado sobre sus hombros, reflejando su agitación interna.
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