Ella era papel gastado,
lleno de trazos que nadie quiso mirar.
Un lienzo sin terminar,
un suspiro atrapado en carboncillo.
Él era aguja y tinta,
preciso, intenso, real.
Donde ella borraba,
él marcaba.
No eran opuestos,
eran distintos lenguajes del mismo arte.
Ella dibujaba lo que sentía,
él sentía lo que tatuaba.
Y cuando se encontraron,
no hubo explosión.
Sólo un silencio lleno,
como cuando dos artistas
saben que han creado algo eterno.
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