Alastor nunca creyó en Dios. Mucho menos en ángeles. Pero eso no impidió que escribiera cartas al cielo. No por fe. No por esperanza. Solo por costumbre. Cartas sin dirección. Cartas sin nombre. Cartas que empezaban con "Por si acaso alguien me escucha..." Nadie debía responderlas. Hasta que lo hicieron. En el límite entre la vida y la muerte, Alastor ve por primera vez al muchacho de sonrisa luminosa y ojos azules, flotando como si el mundo no le pesara. Lucifer. ¿Pero qué hace un ángel inocente cuando empieza a sentir cosas que el cielo jamás le enseñó? ¿Y qué hace un humano herido cuando alguien tan perfecto decide quedarse?
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