Ella.
Ella, sin embargo, no es como los demás.
Ella es una serpiente, sí, pero no de dos caras: de muchas. Podría jurarte amor con una mano y enterrarte un puñal con la otra.
Pero lo más inquietante es que ella no nació así. Él la hizo. Él formó al monstruo que hoy es ella.
-No dejes que sepan quién eres realmente -le decía él, en un tono paternal-. La gente no aprecia la verdad, solo teme lo que no entiende.
Ella asentía, callada. Aprendía rápido.
- Pero... ¿Y si quiero ser yo misma? - preguntó.
Él sonrió, con esa calma que hiela la sangre.
- Ser tu misma no es suficiente.
Palabras como cuchillos. Palabras que cortan sin dejar rastro visible.
- No pienses en si es correcto - le dijo él una noche, cuando ella dudó antes de mentir -. Piensa en si es útil.
Ese fue el día que vi desaparecer a la persona que conocía.
Él no era una serpiente. No necesitaba dos caras porque no tenía ninguna: solo un vacío en el que reflejar las de los demás. Más astuto, más calculador, más paciente. No te atacaba: te hacía abrir la puerta y dejarlo entrar. Te convencía de que la idea era tuya. Y una vez dentro, cambiaba la disposición de tus muebles, de tus recuerdos, de ti mismo.
Ella se convirtió en su obra maestra. No solo aprendió a sobrevivir: aprendió a reinar en el juego que él le enseñó. Ahora, cada una de sus caras lleva un pedazo de él. Cada sonrisa envenenada, cada palabra medida, cada silencio... son suyos.
Lo más aterrador es que a veces pienso que él sabía, desde el principio, que un día ella también lo superaría. Que el monstruo que creó, tarde o temprano, aprendería a morderlo a él.
Pero hasta que eso pase, ella camina por el mundo con sus rostros cambiantes, con su veneno dulce, con esa astucia que no nació de la nada.
Y él, en algún lugar, sonríe.
Porque su creación sigue viva.
Porque su sombra aún cubre cada paso que da.
Y porque sabe que, incluso si ella lo destruye algún día...
seguirá si
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