Desde que George Russell había firmado como piloto principal para Mercedes, su vida se había vuelto un torbellino de carreras, compromisos y expectativas. Pero en medio de todo ese ruido y velocidad, había una constante que le mantenía los pies en la tierra: Lando. No era piloto. No era parte de ningún equipo. No era una celebridad. Era simplemente Lando Norris, su Lando. El chico de la sonrisa amplia, las manos cálidas y el corazón que latía con el suyo. Cada carrera, sin importar en qué circuito estuvieran -Silverstone, Mónaco, Suzuka o Brasil- Lando estaba ahí. A veces entre el público, otras veces entre los pasillos del hospitality de Mercedes, donde había aprendido a moverse discretamente para no llamar demasiada atención. El equipo lo conocía, claro, y le tenía cariño. Sabían que para George, verlo antes de subirse al coche era tan esencial como ponerse el casco o el mono ignífugo. Se había vuelto una pequeña tradición secreta: Justo antes de cada carrera, escondidos en uno de los rincones más apartados del hospitality, George buscaba a Lando. Y siempre, siempre, lo encontraba. Con una sonrisa. Con los ojos brillando de orgullo. Con los brazos abiertos. -¿Listo, campeón? -preguntaba Lando, acariciando la mejilla de George. -No sin ti -respondía George, en un susurro casi reverente. En esta Historia Lando no es piloto de fórmula 1
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