Al principio, fue solo una voz entre la multitud. Suave. Precisa. El tipo de presencia que entra sin pedir permiso y se instala como si siempre hubiera estado presente.
Ella creyó que huían juntos, pero solo uno sabía de qué escapaban. Londres los recibió con su niebla eterna y calles que parecen susurrar secretos. Allí, entre tazas de té y promesas a media luz, comenzó a deshacerse la vida.
Lo que parecía cuidado se tornó vigilancia. Él no gritaba. No golpeaba. Bastaba con la miraba. Con saber siempre dónde estaba. Con cómo hablaba de amor como si fuera una trampa hermosa.
Cuando ella quiso correr, ya no recordaba en qué momento dejó de moverse.
Porque hay cárceles que no tienen barrotes y manos que acarician mientras atan.
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