Tras la última recaída en su salud y el inicio de las hemodiálisis, algo cambió en el aire que lo rodeaba. Entre la multitud, surgió una mirada más, aparentemente casual, otra que lo evaluaba con precisión... pero no era como las demás. Esta mirada era un juicio silencioso, gélido, paciente. No pertenecía a alguien, sino a algo que acechaba desde las sombras, esperando el instante exacto para desgarrarle la vida de la manera más despiadada imaginable. Cada parpadeo, cada suspiro, parecía sincronizado con su caída inminente, y Negas lo sentía: el peligro estaba en todas partes, y en ninguna a la vez.
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