Noah no creía en fantasmas. Tampoco en demonios ni en almas perdidas que vagaban entre sombras. Siempre había sido escéptico, racional, un hombre que prefería los hechos concretos y tangibles a las explicaciones que desbordaban la lógica. Pero había algo en los sueños que nunca pudo comprender.
Y fue en uno de esos sueños cuando la vio por primera vez.
Ella no tenía nombre, ni forma definida, pero su presencia se sentía como una carga en el aire. En sus ojos había una oscuridad infinita, como si cargara con siglos de secretos. Su cuerpo estaba encadenado, pero las cadenas no eran de metal. No. Eran de humo, un humo gris y denso que se disolvía cada vez que tocaba el aire. La mujer no decía nada. Pero Noah la veía, una y otra vez, en el cuarto sin puertas, bajo el tictac de un reloj sin manecillas, atrapada en una eterna espera.
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