Nunca pensó que una simple idea para una clase cambiaría su vida.
La propuesta era sencilla: diseñar una campaña de negocios internacionales centrada en el impacto de la Fórmula 1 en los mercados emergentes. Amelie lo vio como una excusa para hablar de marcas, marketing emocional y cómo convertir una pasión en una industria multimillonaria. No era fanática de la F1, ni entendía bien por qué todos gritaban por coches dando vueltas en círculos, pero sabía vender una idea. Y al parecer, muy bien.
Porque cuando la llamaron para decirle que había ganado, pensó que era una broma.
-¿Un pase VIP para toda la temporada? ¿Con acceso al paddock?
-Sí, Amelie. Toda la temporada. Desde Bahréin hasta Abu Dhabi.
Así, sin más, pasó de estudiar casos de empresas en el aula, a estar rodeada de trajes de diseñador, motores rugiendo, y un mar de cámaras siguiendo cada movimiento. En su primer día, con una credencial colgando del cuello y una sonrisa nerviosa, se sintió como si estuviera invadiendo un mundo que no era suyo.
Hasta que lo vio.
Él no la notó de inmediato. Estaba con su equipo, riéndose de algo con su acento británico, despeinando su ya desordenado cabello castaño. Lando Norris. Uno de los nombres que había leído sin interés cuando investigaba para su proyecto. Pero ahora, en persona, era distinto. Muy distinto.
Y cuando, sin esperarlo, sus miradas se cruzaron, algo en su estómago dio una vuelta.
Y ahí lo supo. No era solo un premio. Era el inicio de algo mucho más complicado.
Mucho más peligroso.
Y tal vez... mucho más emocionante de lo que su corazón estaba listo para enfrentar.