Beomgyu no sabe si quiere ser escritor o si solo quiere que lo quieran por escribir.
Tiene talento, sí, pero también una cantidad absurda de inseguridades, deadlines vencidos y borradores sin final. Su editorial decide asignarle un nuevo editor para que termine de una vez su segundo libro. Lo que no le dicen es que ese nuevo editor es Yeonjun.
Yeonjun, que es exacto como una hoja en blanco bien alineada. Que habla poco, no tolera las faltas de ortografía ni las emociones desordenadas. Que parece inmune a todo lo que a Beomgyu lo desborda.
Lo que empieza como una relación profesional forzada se va enredando entre correcciones en rojo, mensajes a medianoche, y notas en márgenes que duelen más de lo que deberían. Y aunque ninguno lo admite, a veces entre línea y línea se escapa algo que no estaba en el guion.
Quizás el problema no es que no se entiendan.
Quizás el problema es que se están leyendo demasiado bien.
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