El arte puede embellecer el horror.
Y a veces, también puede justificarlo.
Durante años, Beomgyu creyó saberlo todo sobre la belleza. La perfección era su mundo: los contratos bien firmados, los museos silenciosos, los rostros que admiraban su paso. Pero jamás imaginó que terminaría perdiéndose en una obra sin lienzo, sin márgenes, sin final.
Porque hay artistas que no crean para mostrar algo al mundo.
Hay artistas que crean para poseer.
Para devorar.
Y él, sin notarlo, se convirtió en la materia prima perfecta.
La musa viva de un genio que no firmaba sus cuadros con tinta...
Sino con cicatrices.
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