Levi Ackerman no era de nadie.
No pedía nada.
Había aprendido a caminar entre ruinas con el corazón sellado y la mirada fija en el deber.
Frío, intacto, como si nada en este mundo pudiera tocarlo.
Hasta que ella llegó.
Con su caos luminoso, su risa fuera de lugar y esa forma tan suya de incendiarlo todo sin quemarse.
No pidió quedarse.
No suplicó entenderlo.
Solo existió, libre y hermosa, como si fuera del mundo entero... y aún así, lo mirara solo a él.
Y entonces, sin saberlo,
empezó a dolerle la idea de no pertenecer a nadie.
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