Lucero siempre fue la alumna perfecta. Puntual, dedicada... tranquila.
Hasta que llegó él.
Fernando, su profesor, no solo enseña biología, también despierta en ella dudas, deseos y esa sensación incómodamente adictiva de lo prohibido.
¿Y si ese cruce de miradas significó algo más?
¿Y si el profesor también la ve con los mismos ojos con los que ella no puede dejar de mirarlo?
Un juego silencioso comienza, y ya es demasiado tarde para retroceder.
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Yo estaba sentada mirándolo. Sus ojos me hipnotizaban y su sonrisa me volvía loca. No paraba de pensar en él. Definitivamente lo amaba. Por primera vez, estaba enamorada.