Willa no cree en las reglas. Mucho menos en las que intentan definir el amor. Después de varias relaciones fallidas, aprendió a mantener las cosas simples: deseo, humor y cero compromisos. Adam, en cambio, viene de una separación dolorosa y un pasado prolijo que ya no le sirve. Lo que empieza como una amistad cómplice -con bolos, playlists ochentosas y frases cliché- se va transformando en algo que ninguno sabe nombrar. ¿Se puede construir algo real cuando nadie quiere admitir lo que siente? Jugar el juego es una historia de vínculos imperfectos, besos que se hacen esperar, heridas que no se ven... y ganas de volver a sentir.
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