TERRONCITO DE AZUCAR

TERRONCITO DE AZUCAR

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WpMetadataNoticeLast published Mon, May 26, 2025
El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de los cerros cuando Olivia, con el cabello revuelto por la humedad del amanecer, colocó la bandeja de pastelitos de limón en el alféizar de la ventana de su cocina para que se enfriaran. Eran su especialidad, un secreto a medias del pueblo, porque aunque muchos intentaban copiarlos, nadie lograba ese equilibrio exacto entre dulzura, acidez y la base crujiente que hacía cerrar los ojos al primer bocado. Aquella mañana, Daniel llegó a la estancia para una visita breve. No era frecuente que viniera al pueblo, pero cada vez que lo hacía, se quedaba unos días para ver a Alice, su mejor amiga de la universidad. Sin embargo, esa vez, algo lo detuvo frente a la pequeña cocina de la casa de Olivia. No fue el aroma -aunque le llegó como un puñetazo dulce al estómago-, sino la visión de ella: pelo recogido, un delantal manchado de harina, y esa expresión de concentración absoluta mientras servía café. Fue una mirada. Solo una. Pero suficiente. Esa misma tarde, cuando Daniel volvió a pasar por allí, notó que en la ventana seguía habiendo un par de pastelitos. Por instinto -o destino- robó uno. Lo mordió. Y entonces, la confusión. Lo que sintió no era solo placer. Era algo más íntimo, más oscuro, más... animal. El bocado lo despertó de una forma que no esperaba. Como si ese sabor tuviera encerrado un deseo antiguo.
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Es el. Estoy segura, esos ojos, esa sonrisa; la misma sonrisa que tenía a los catorce años, cuando lo vi por última vez. Cuatro años sin verlo. Cuatro años sin escuchar su voz. Cuatro años desde que me rompió el corazón con palabras que todavía resuenan en mi cabeza. "Que te pierdas, Olivia." "No me hagas esto más difícil." "Ándate." Mi garganta se cierra. Siento un hormigueo incómodo en los dedos. No quiero sentir esto. No quiero que mi corazón se dispare, que mi cuerpo reaccione como si este encuentro significara algo. Pero significa. Y odio que lo haga. Me esfuerzo en respirar con calma. Mi mente grita que esto no es gran cosa, que ya no me importa, que Felipe es solo un extraño ahora. Pero mi cuerpo no lo entiende. Porque en cuanto nuestros ojos se cruzan, algo en mí se quiebra. Él también me está mirando. Su expresión es seria, distante. No parece sorprendido de verme. ¿Lo sabía? ¿Sabía que yo estaría aquí? ¿O simplemente le da igual? - Liv - susurró Felipe mientras se paraba de golpe y creí que me iba a poner una mano en la mejilla, pero a último momento su mano ya estaba en su nuca. Me miró con una preocupación que me hizo acordar a cuando teníamos catorce años. Sentí el sabor amargo de una lágrima, cuando me di cuenta porque ese chico me miraba con el ceño fruncido. Me limpié la maldita lágrima con el dorso de la mano. No le iba a dar el gusto de verme llorar. - Olivia, un gusto

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