El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de los cerros cuando Olivia, con el cabello revuelto por la humedad del amanecer, colocó la bandeja de pastelitos de limón en el alféizar de la ventana de su cocina para que se enfriaran. Eran su especialidad, un secreto a medias del pueblo, porque aunque muchos intentaban copiarlos, nadie lograba ese equilibrio exacto entre dulzura, acidez y la base crujiente que hacía cerrar los ojos al primer bocado.
Aquella mañana, Daniel llegó a la estancia para una visita breve. No era frecuente que viniera al pueblo, pero cada vez que lo hacía, se quedaba unos días para ver a Alice, su mejor amiga de la universidad. Sin embargo, esa vez, algo lo detuvo frente a la pequeña cocina de la casa de Olivia. No fue el aroma -aunque le llegó como un puñetazo dulce al estómago-, sino la visión de ella: pelo recogido, un delantal manchado de harina, y esa expresión de concentración absoluta mientras servía café.
Fue una mirada. Solo una. Pero suficiente.
Esa misma tarde, cuando Daniel volvió a pasar por allí, notó que en la ventana seguía habiendo un par de pastelitos. Por instinto -o destino- robó uno. Lo mordió. Y entonces, la confusión.
Lo que sintió no era solo placer. Era algo más íntimo, más oscuro, más... animal. El bocado lo despertó de una forma que no esperaba. Como si ese sabor tuviera encerrado un deseo antiguo.
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