Amor a través del tiempo

Amor a través del tiempo

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Fiction
Romance
Prólogo Hay historias que comienzan con una mirada, con una chispa inmediata que enciende fuegos que no se apagan. Esta no es una de ellas. Angie conoció a Carlos en un momento sin trascendencia, en un día cualquiera de un año cualquiera. No hubo mariposas, ni corazón acelerado, ni esa intuición cinematográfica que anuncia al amor como una revelación divina. Para ella, Carlos era simplemente una presencia más en la sala -agradable, sí; educado, sin duda-, pero hasta ahi. Durante años, sus caminos se cruzaron de vez en cuando, como hojas llevadas por vientos distintos que apenas rozan la misma acera. Se hicieron amigos sin proponérselo, compartieron charlas largas sin darse cuenta del tiempo, se acompañaron en silencios que no pedían nada más. Y fue allí, en esa naturalidad sin pretensiones, donde algo imperceptible comenzó a crecer. No hubo un solo momento en que Angie se dijera: lo amo. Pero sí hubo mil pequeños instantes en los que Carlos estuvo allí -no como un héroe, sino como un ser humano constante, imperfecto, honesto-, y ella, sin saberlo, se fue acercando. Años después, cuando su mano encajaba con la suya como si hubiera estado esperando ese lugar, Angie comprendió que aquello que sentía no era nuevo. Era viejo, profundo, enraizado. Era amor, sí. Tal vez no el de los cuentos, ni el de los inicios fulminantes, pero sí uno más fuerte: el que nace despacio, y cuando florece, ya tiene raíces que no se arrancan fácil. Esta es la historia de ese amor: de cómo Angie y Carlos, sin buscarlo, se encontraron de verdad. De cómo ella aprendió que a veces el corazón reconoce lo que la mente tarda años en entender. Y de cómo, al final, creyó con certeza que siempre lo había amado. Solo que no lo sabía todavía...
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Cuando el mundo se detuvo, fue como si el tiempo también olvidara moverse. Las calles quedaron mudas, los calendarios dejaron de importar, y la rutina, esa vieja y ruidosa compañera, fue reemplazada por un silencio espeso. No sabíamos si llorar por el caos o agradecer por la pausa. Fue entonces cuando muchas vidas colapsaron... y otras, inesperadamente, comenzaron. Ahí, entre días idénticos y noches insomnes, nacieron espacios nuevos. Espacios para mirar hacia dentro, para descubrir lo que no habíamos tenido tiempo de sentir. Algunos encontraron refugio en libros, otros en la cocina, otros en conversaciones que jamás habrían sucedido si el mundo no se hubiera derrumbado. Fue así como se conocieron X e Y, lanzando fichas sobre un tablero virtual, intentando distraer al destino... sin saber que ya estaban siendo jugados por él. Uno de ellos ostentaba el título de presidente -no de una nación, sino de sus propias convicciones. Firme, exigente, de ideas estructuradas como discursos bien escritos. El otro, en cambio, parecía improvisar la vida como si fuera una melodía en constante cambio, con la risa a flor de piel y el alma encendida por el arte. El tablero de parchís fue la excusa. Lo demás... simplemente pasó. Una mirada imaginada, una frase cruzada, una canción compartida que decía más de lo que el corazón podía soportar en voz alta. Y sin darse cuenta, el encierro no los apartó del mundo. Los encerró juntos, en otro mundo más íntimo. Más honesto. Más peligroso. Porque no siempre lo que está bien es lo que se siente bien. Porque las emociones, cuando no caben en la razón, buscan salir por otras grietas: los gestos, las risas, los silencios, los recuerdos. Esta no es una historia común. No lleva etiquetas ni necesita pronombres definidos. Es la historia de una conexión que nació del caos, que creció entre dilemas, y que aún hoy arde -como un susurro que no se olvida- en la memoria de quienes se atrevieron a jugar.

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