Diecisiete.
Parece un número cualquiera, pero para mí es el borde de un precipicio.
Cada día me acerco un poco más al salto, al momento en que ese número se convertirá en dieciocho. La mayoría de edad.
¿Qué significa, realmente?
Todos a mi alrededor parecen emocionados por mi "nueva etapa". Mis padres me miran con una mezcla de orgullo y expectativa; mis amigos bromean sobre cómo pronto seré "la adulta del grupo"; incluso mi maestro de matemáticas, ese que rara vez habla de algo más que ecuaciones, me dio un discurso sobre "las oportunidades que vienen con la madurez".
Pero lo que nadie parece entender es que no me siento preparada.
¿Cómo se supone que me convierta en alguien que tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera sé cuáles son mis preguntas?
A veces, miro el calendario y siento que me falta tiempo. Otras, quiero detenerlo, congelar este momento en el que todavía puedo cometer errores sin sentir que el mundo se tambalea bajo mis pies.
Este es mi último año siendo adolescente. El último año en el que puedo culpar a mi inexperiencia. Después de esto, la vida cambia, o eso dicen. Así que, si voy a saltar, al menos quiero entender qué hay del otro lado.
Y esta es la historia de cómo intenté averiguarlo.
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