El olor a pintura impregnaba cada rincón de aquella habitación. Una mezcla espesa de óleo y trementina flotaba en el aire, como si el tiempo se hubiese detenido en medio de una pincelada. La humedad no le confería incomodidad al lugar; al contrario, aportaba una calidez húmeda, como el abrazo de una vieja memoria que uno no desea soltar.
Las paredes, desnudas de modernidad, estaban cubiertas por retratos y pinturas abstractas. A simple vista, sus significados parecían inconexos, confusos, un revoltijo de formas, sombras y colores derramados con intención críptica. Pero si uno se tomaba el tiempo -si uno realmente se detenía a mirar más allá de lo evidente- siempre aparecían tres figuras. Inmóviles, discretas, casi ocultas entre los trazos, como fantasmas que se repetían. No había forma de definir su género, sus rostros o sus edades, pero siempre eran tres. Las mismas tres siluetas, los mismos tres símbolos, la misma cantidad... el mismo número, constante, ineludible.
Y entre todas esas obras -cientos tal vez, muchas deterioradas por el paso del tiempo y otras aún húmedas de pintura fresca- había una que él consideraba la más importante. El anciano pasaba horas contemplándola, día y noche, como si de ella dependiera su último suspiro. Posicionaba cuidadosamente su marco de madera envejecida sobre un caballete especial, y lo rodeaba con sus lienzos de marfil, aquellos que nunca mostraba, que simplemente... existían con él.
Dicen que un pintor guarda muchos relatos en sus pinceles, en las grietas de su paleta y en los silencios entre cada trazo. Y quizás haya algo de razón en eso. Porque si hay historias que resisten el olvido, son aquellas que se esconden en las peculiares pinturas de Julius Green.
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