Algunos nacen con la carga de proteger. Otros, con la misma carga de la perdición. Pero todos, sin excepción, arrastran con una condena que jamás podrán elegir.
Hay lazos que salvan. Hay lazos que destruyen. Y hay otros... que simplemente no se pueden romper.
En un mundo donde el amor se mezcla con la maldición, el deber quema más que el placer y el peso de la reputación de un maldito renombre aplasta toda dignidad humana. Hechiceros, estudiantes, maldiciones... todos están atrapados.
Por el deber. Por el deseo.
Por la condena de sentir demasiado en un mundo que no permite detenerse. En un mundo donde nadie los preparó para esto. Ni para el amor que desafía órdenes,
ni para la culpa que no se exorciza.
La paz dura lo que tarda en arribar la carga de la responsabilidad.
La intimidad es un refugio breve antes del juicio final.
Y la juventud, una llama que se enciende buscando libertad y vida, y arde demasiado rápido entre las sombras del deber.
Entre la aparente calma de un reencuentro,
bajo la risa compartida, los cuerpos que se buscan, y las promesas susurradas al oído,
algo se está gestando.
Algo coexistente, inevitable.
Como una deuda impaga, como un eco que no muere.
No es solo una historia de amor.
Es una historia de voces calladas, de promesas rotas, de historias malintencionadas y de condenas que nadie pidió pagar.
Porque cuando eliges sentir, también eliges arder.
Y en esta vida, todo... Absolutamente todo, tiene un precio que no se paga solo con sangre. Se paga con el alma. Y tarde o temprano será reclamado.