El tiempo no lo cura todo ni pone siempre todo en su lugar. Tampoco hace olvidar porque no todos los seres humanos somos inolvidables. Su mirada dorada como el sol la retenía en mi memoria y parecía cruel que la intensidad de ese mismo sol con el que me despertaba cada mañana, fuera como él. No solo sentía el peso de un anillo sobre mi dedo corazón sino un peso sobre mi alma rota por su ausencia. Pero debía luchar por mi hijo y por mejorar un poco el mundo donde él va a nacer. Por él y por el recuerdo de su padre.
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