A lo largo de mi vida he escuchado una y otra vez: "el tiempo lo cura todo"... pero es mentira. El tiempo no cura nada. No borra, no sana. Solo te enseña a vivir con el dolor, a volverlo costumbre, a cargarlo como si fuera una parte más de ti. Porque hay heridas que no se ven. Miradas que pesan más que los golpes. Palabras que se clavan como agujas bajo la piel. Y luego están los secretos... esos que jamás nos atrevemos a decir en voz alta. Por miedo, por culpa, o por promesas que nos obligamos a cumplir. Secretos que, cuando salen a la luz, nos persiguen con una sola pregunta: ¿qué hubiera pasado si lo hubiera dicho? Pero la verdad es simple y cruel: el "hubiera" no existe. Nadie puede cambiar lo que ya pasó. Así como nadie puede cambiar lo que siente un corazón... incluso cuando se entrega a la persona equivocada. Porque sanar no siempre significa estar mejor. A veces significa equivocarse, romperse otra vez...y aprender a vivir con las consecuencias de lo que sentimos.
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