El silencio opulento de la habitación era una burla al caos interno de InuYasha. Despertar en este cuerpo, en este palacio de pesadilla sacado de una novela, era una crueldad cósmica. Él era el villano, el príncipe despiadado cuyo destino estaba entrelazado con la tortura de Sesshoumaru. Cada sombra susurraba su final: una celda fría, odio eterno. ¿Podría un lector cambiar un destino escrito? La desesperación era un nudo en su pecho. Sus ojos ámbar recorrieron la opulencia que ahora lo aprisionaba. Él era el príncipe heredero del Norte. Y en algún lugar, Sesshoumaru esperaba. La cuenta regresiva había comenzado.
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