Hay historias que duelen, que no se leen con los ojos, sino con el pecho.
Esta es la historia de una niña que aprendió a callar. De una adolescente que vivía atrapada en una casa donde el aire pesaba más que los muros. Donde lo que parecía hogar era una trampa disfrazada de rutina. Lina no tiene cicatrices visibles, pero sangra por dentro. Cada día sobrevive entre insultos disfrazados de cuidado, golpes disfrazados de castigo, y un silencio que nadie se atreve a romper.
En medio del dolor, del miedo, de la rabia contenida, Lina encuentra pequeños destellos: una amistad, una sonrisa rota, un atardecer visto desde el tejado. Descubre que hay belleza incluso en el sufrimiento... pero que para llegar a ella, antes hay que atravesar el fuego.
Está no es una historia de amor.
Es una historia sobre el amor que nadie ve.
El amor propio que cuesta encontrar.
El amor que no deberías mendigar.
Y ese amor que, a veces, llega cuando ya no creías en nada.
Porque a veces, para aprender a vivir, primero hay que sobrevivir.
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