En las cenizas de Troya aún respiran voces que nunca fueron escuchadas. Esta historia es contada por una criada anónima, testigo de la tragedia que cayó sobre su ciudad. No narra la gloria de los héroes ni los cánticos de los dioses. Narra la guerra desde las cocinas, las cunas vacías, las manos que cosían mientras el mundo ardía.
A través de sus ojos, revivimos el sufrimiento de Andrómaca, la humanidad silenciada de Helena, la brutalidad disfrazada de destino... y el peso de la historia cuando no deja espacio para la justicia.
Este relato no nace del odio ciego, sino de la necesidad de contar lo que fue borrado. La autora no guarda rencor hacia ningún personaje. Incluso Odiseo, cruel a los ojos de la narradora, es visto también como un hombre condenado a vagar. Su tragedia, contada desde otro lado, tiene su propio dolor.
Solo uno recibe la condena sin disculpa: París.
Por su egoísmo inmaduro, por no escuchar, por cargar un imperio al altar de su capricho.
"A él sí. Que él se pudra en el Tártaro"
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