La ciudad de Londres era un océano de luces parpadeantes bajo mis pies, pero en la azotea, el único sonido era el del viento helado y el eco de una puerta de coche cerrándose a lo lejos. Un sonido final. Definitivo.
Mi cuerpo se sentía hueco, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible y hubiera deshecho todas mis costuras, dejándome desmoronada y expuesta al frío de la noche. Él había dicho que lo sentía. Yo también. Lo sentíamos tanto que el aire entre nosotros se había vuelto irrespirable.
No había sido una pelea. No hubo gritos, ni reproches. Fue algo mucho peor. Fue una rendición silenciosa. Dos personas que se querían con una intensidad que dolía, reconociendo que el amor, a veces, no es suficiente para construir un puente sobre el abismo que separa dos mundos.
Me abracé a mí misma, buscando un calor que ya no estaba. Él había elegido dejarme ir para darme paz, y yo lo había dejado ir para que él no tuviera que renunciar a ser quien era. Un sacrificio mutuo. Una herida compartida.
Y mientras las luces de la ciudad seguían brillando, ajenas a mi corazón roto, entendí que esta nueva etapa de mi vida no consistiría en olvidarlo. Sería mucho más difícil. Consistiría en aprender a vivir con el fantasma de lo que pudo ser, y con la marca imborrable que su amor había dejado en mi alma.
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