Eran ojos imposibles de olvidar.
Dentro de ellos ardía un sol eterno,
no uno que quemara,
sino uno que iluminaba desde lo más profundo.
Iris dorados como el alba,
centelleaban con destellos de fuego tranquilo,
como si en cada parpadeo naciera un nuevo amanecer.
Mirarlos era como mirar el horizonte:
te llenaban de calor, de esperanza,
y también de un miedo dulce,
el miedo de perderse para siempre en su luz.
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