"Solo piénselo, señorita Kim..."
A veces, la oscuridad no se posa en callejones ni se esconde entre sombras, sino que viste traje sastre, lleva el cabello recogido con elegancia, y te observa desde el otro lado de un escritorio con una mirada que desgarra.
Y tú, como una niña que juega a ser mujer, descubres que hay manos que no necesitan fuerza para someterte, sino tan solo una promesa peligrosa susurrada al oído.
Yo era Hismara Kim. Y hasta esa mañana, la peor cosa que había hecho era besar a mi novio donde no debía. Pensaba que las consecuencias serían vergüenza, tal vez una suspensión, incluso una regañada de mis padres. Pero lo que recibí fue una sentencia velada, vestida de caricia.
Ese día, en esa oficina donde el aire olía a autoridad y perfume caro, descubrí que no todas las mujeres se conforman con ver... algunas desean poseer.
La directora tenía algo en los ojos, algo que cruzaba la línea entre el juicio y el deseo, entre el poder y la perversión. Y yo, aún con el corazón temblando, entendí que el video no era la amenaza: lo era ella. Su tacto, su voz, su forma de hacerme sentir atrapada en una telaraña invisible donde mi cuerpo no era más mío.
No se trataba solo de secretos ni de castigos. No.
Se trataba de lo que estaba dispuesta a hacer para protegerme...
O a lo que estaba dispuesta a someterme para no perderlo todo.
Solo piénselo, señorita Kim...
Eso me dijo.
Y desde entonces, no he dejado de pensarlo.
Porque hay puertas que se abren... y ya nunca se vuelven a cerrar.
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