Desde que tengo memoria, la pelota de básquet fue mi mejor amiga. Siempre estuvo allí, firme en mis manos, una extensión de mí mismo, el lenguaje en el que mi corazón hablaba sin palabras. Crecí soñando con el aro, con la cancha, con ese ritmo perfecto de driblar y encestar que parecía sincronizado con cada latido.
Pero los sueños no siempre son caminos rectos ni seguros. A veces se quiebran, se agrietan, se esconden tras sombras que no esperamos. Y entonces queda un hueco, un vacío que parece imposible de llenar.
Esta es la historia de ese hueco. De cómo se abrió en mi pecho cuando sentí que perdía algo que creía eterno. De cómo intenté llenar ese vacío con amor, con lucha, con lágrimas y con memoria. De cómo aprendí que a veces amar también es soltar, y que dentro del dolor puede nacer una fuerza inesperada.
No es solo la historia de un jugador que quiso ser profesional y no pudo. Es la historia de un chico que aprendió a vivir con sus heridas, que buscó y encontró un nuevo sentido, y que entendió que, más allá de los logros, lo que queda es el amor que llevamos dentro.
Este relato no es solo mío. Es de todos los que alguna vez amaron algo con tanta intensidad que les dolió perderlo. De todos los que saben que, aunque los sueños cambien, el amor verdadero nunca muere.
Bienvenidos a mi historia.