Tras la muerte del rey, su hermanastro, Kaerion Valemont, es llamado para ocupar su lugar en la línea sucesoria. Kaerion no fue criado como noble, sino como un arma diplomática: educado en política, batalla y filosofía, sin afecto ni patria real. Kaerion no suplica. No se explica. No perdona. Es un hombre templado como acero, y no conoce la debilidad del apego.
Darianth Nytherane, hijo del canciller real y actual Caballero de la corte carmesí (una orden de élite que protege a la corona), fue amigo del príncipe muerto. Leal hasta el hueso al reino y a su moral férrea, Darianth desprecia lo que representa Kaerion: un intruso, un símbolo de lo que está mal en el linaje real. No lo insulta en público, no lo humilla. Simplemente lo ignora, con un estoicismo que duele más que el odio.
Pero Darianth cumple su deber: si el rey lo nombra heredero, entonces lo protegerá. Lo seguirá. Lo observará. Lo investigará. Porque esa es su naturaleza. Ser profundamente correcto.
El problema es que cuanto más lo observa, más se derrumban sus certezas. Porque Kaerion no busca poder, ni venganza. Busca verdad.
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