La muerte del señor Kim fue tan limpia que resultaba sospechosa.
Un ataque al corazón, dijeron. Silencioso. Rápido. Sin drama. Como si su vida se hubiera apagado de forma educada, discreta. Pero Jennie no era tan ingenua. Su padre era muchas cosas -distante, calculador, poderoso-, pero nunca fue un hombre fácil de derribar.
Y algo en ella, algo visceral, le susurraba que lo de su corazón no había sido tan simple.
La mansión la esperaba fría, intacta, como si no supiera que faltaba su dueño.
Y fue entonces que la vio.
Alta. Delgada. De traje negro perfectamente entallado. El cabello recogido con precisión. El rostro pálido, elegante y distante.
Y unos ojos oscuros que brillaban como espejos, peligrosos de mirar por demasiado tiempo.
-Bienvenida, señorita Kim -dijo la mujer, con una voz suave y contenida-. Soy Lalisa. La mayordoma de su padre.
Jennie sintió cómo algo en su interior se encendía.
No supo si era alerta, deseo... o ambas cosas.
No confiaba en nadie.
Pero si quería descubrir la verdad sobre la muerte de su padre, tendría que empezar con ella.
Con la mayordoma.
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